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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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I Trimestre de 2008 
El discipulado 

Notas de Elena G. de White 



Más lecciones en el discipulado 



Sábado 8 de marzo 

Ha empeñado su palabra. Las montañas podrían desaparecer y los collados podrían 
temblar, pero su amor no se apartará de su pueblo, ni se quebrantará el pacto de su 
paz. Se oye su voz que dice: "Con amor eterno te he amado" (Jeremías 31 :3). "Con mi- 
sericordia eterna tendré compasión de ti" (Isaías 54:8). Cuan asombroso es este amor, 
que Dios condescienda a quitar toda causa de duda e incertidumbre del temor y la fla- 
queza humanos, y tome la mano temblorosa que se levanta hacia él con fe; y nos ayu- 
de a confiar mediante renovados motivos de seguridad. Nos ha dado un pacto fiel a 
condición de que obedezcamos, y viene a encontrarnos en nuestra propia manera de 
entender las cosas. Creemos que una promesa de nuestros semejantes necesita una 
garantía. Jesús ha contemplado estos temores peculiares, y ha confirmado su promesa 
(A fin de conocerle, p. 264). 

Debemos enfrentar valientemente a esas dudas que abruman el alma, y debemos de- 
cirle al alma que debe vencerlas de inmediato. No demoréis, porque no puede haber 
paz cuando se ha perdido la fe. No necesitamos manifestar esas dudas, porque pueden 
hacer vacilar a alguna pobre alma. Examinémoslas a la luz de la Palabra de Dios; luego 
hablemos de ellas con Jesús teniendo en la mano sus promesas, y oremos para que 
las quite. Digámosle al Señor: "Creo; ayuda mi incredulidad" (S. Marcos 9:24). No colo- 
quemos ninguna duda en una silla confortable y cómoda. Es un huésped peligroso 
cuando se le permite arraigarse en la mente y contrarrestar la fe... 

La fe genuina es vida, y donde hay vida hay crecimiento. La vida que Jesús imparte 
está destinada a crecer cada vez más. Una fe viva significa un aumento de vigor, una 
confianza segura, mediante los cuales el alma se convierte en un poder vencedor. El 
que bebe del agua de la vida que Jesús ha dado, posee dentro de sí una fuente de 
agua que salta para vida eterna. Aunque quede separada de todas las fuentes creadas, 
es alimentada por el manantial oculto. Es una fuente perpetua, en comunicación inme- 
diata con la inextinguible fuente de vida. 

El Señor es deshonrado cuando cualquiera que profesa su nombre adolece de vacie- 
dad interior. Esto representa mal a Dios. Nada fuera de Cristo manifestado en el espíri- 
tu, la vida y el carácter puede revelar a Dios a un mundo que no le conoce (A fin de 
conocerle, p. 229). 



Domingo 9 de marzo 
Lecciones en el mar 

Los discípulos se apresuraron a llegar a donde Jesús descansaba y lo reprocharon, re- 
clamándole: "Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" Estaban molestos de que 
él pudiera descansar tan pacíficamente mientras ellos enfrentaban el peligro y la muer- 
te luchando sin descanso contra la furia de la tormenta. Sus gritos despertaron a Jesús 
de su sueño reparador, y mientras los discípulos volvían a los remos para hacer un 
último esfuerzo, él se levantó. La Majestad divina está en el humilde barco de los pes- 
cadores, en medio de la furiosa tempestad, con las olas pasando encima del bote y los 
relámpagos iluminando su rostro que refleja calma y paz. Entonces levanta su mano, la 
misma mano que había empleado tantas veces para realizar actos de misericordia, y le 
dice al mar enfurecido: "Calla, enmudece". Cesa la tempestad; las olas reposan; las 
nubes se disipan y las estrellas vuelven a brillar; el barco descansa sobre el mar sere- 
no. Entonces les dice: "¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?"... 

Cuando fue despertado abruptamente por aquellos pescadores temerosos, el Salvador 
no sintió miedo por sí mismo; más bien sintió pesar por sus discípulos que habían des- 
confiado de él en ese momento de peligro. Reprochó sus temores que habían manifes- 
tado incredulidad. Si lo hubieran llamado cuando comenzó la tormenta, les hubiese evi- 
tado su ansiedad. Pero en su esfuerzo por salvarse a sí mismos se habían olvidado 
que Jesús estaba a bordo. Cuántos, en medio de los problemas de la vida, en medio de 
sus perplejidades y peligros, pelean solos contra las tormentas y la adversidad, ol- 
vidándose que hay Uno que puede ayudarlos. Primero confían en su propia fuerza y 
habilidad; pero cuando se sienten superados y desanimados entonces recuerdan a 
Jesús y le ruegan humildemente que los salve. Y él, aunque siente pesar por la incre- 
dulidad y confianza propia que han mostrado, nunca deja de escuchar sus clamores y 
darles la ayuda que necesitan. 

El cansado navegante que lucha con los remolinos de las profundidades debiera recor- 
dar que Jesús estuvo en el mar; que a su voz le ordenó a la tormenta detenerse; que 
los furiosos elementos obedecieron su mandato y que sus seguidores quedaron a sal- 
vo. Cuando las olas amenazan con hundir nuestro barco; cuando los relámpagos ilumi- 
nan un mar embravecido que intenta destruirnos, debemos recordar que Jesús está a 
bordo, que escucha nuestro clamor y que nunca abandona a quien confía en él. 

Sea que estemos sobre la tierra o en el mar, dormidos o despiertos, si tenemos al Sal- 
vador en nuestros corazones no tenemos necesidad de temer. Nuestro llamado siem- 
pre obtendrá una respuesta. Puede ser que recibamos un reproche por no haberlo lla- 
mado al principio de nuestra prueba y por haber intentado salvarnos a nosotros mis- 
mos, pero siempre aceptará nuestras humildes peticiones. Una fe viviente en el Reden- 
tor aquietará el mar de nuestra vida y nos llevará, en medio de peligros, por los cami- 
nos que él conoce mejor (Folleto: Redemption: Orthe Mímeles ofChrist, the Mighty 
One, pp. 83-86). 



Lunes 10 de marzo 

Lecciones en el mar (Continuación) 

¡Oh, cuánto significa ese "Yo soy"! Significa todo para nosotros cuando estamos en 
problemas o incertidumbre. ¿No pueden escuchar su voz? ¿No le escuchan decir: "Yo 
soy, no temáis?"... Jesús nos habla. No importa nuestra debilidad o prueba, Cristo está 
cerca de nosotros. Él nos dice: "Yo soy, no temáis"... 

¿Alguna vez alguien levantó sus manos hacia Jesús diciéndole: "Sálvame, Señor, que 
perezco", y él fue indiferente? ¡Nunca, nunca! Jesús oye hasta el más débil llanto. No 
necesitamos desmayar ni llorar ni desanimarnos. No necesitamos desmayar, porque, 
como Pedro, podamos ver las sombras y las pruebas que nos rodean... El Señor tomó 
la mano de Pedro y lo salvó. Tenemos un Salvador, y en toda prueba debemos confiar 
en el Señor, Dios de Israel, y él será nuestro Ayudador (Reflejemos a Jesús, p. 348). 

En su barquichuelo, sobre el mar de Galilea, en medio de la tempestad y las tinieblas, 
los discípulos luchaban para alcanzar la orilla, pero todos sus esfuerzos eran infructuo- 
sos. Cuando la desesperación se estaba apoderando de ellos, vieron a Jesús que an- 
daba sobre las ondas espumosas. Pero al principio no reconocieron la presencia de 
Cristo, y su terror aumentó hasta que su voz, que les decía: "Yo soy; no tengáis miedo", 
disipó sus temores y les infundió esperanza y gozo. Entonces, ¡cuan voluntariamente 
los pobres y cansados discípulos cesaron en sus esfuerzos y lo confiaron todo al Maes- 
tro! 

Este sorprendente incidente ilustra la experiencia de los que siguen a Cristo. ¡Con 
cuánta frecuencia nos aferramos a los remos, como si nuestra propia fuerza y sabiduría 
bastaran, hasta que encontramos inútiles nuestros esfuerzos! Entonces, con manos 
temblorosas y fuerza desfalleciente, entregamos el trabajo a Jesús y confesamos que 
no podemos cumplirlo. Nuestro misericordioso Redentor se compadece de nuestra de- 
bilidad; y cuando, en respuesta al clamor de la fe, él asume la obra que le pedimos que 
haga, ¡cuan fácilmente realiza lo que nos parecía tan difícil! (Testimonios selectos, 
tomo 3, pp. 381, 382). 

¡Cuántos en este tiempo de peligro están intentando enfrentar el mar embravecido! La 
luna y las estrellas parecen estar escondidas por las nubes tormentosas, y en su de- 
sesperación muchos dicen: "Para qué seguir luchando si nuestros esfuerzos no tienen 
éxito. Por más que intentemos usar los remos, de todas maneras vamos a perecer". En 
el caso de los discípulos, los ojos de Jesús habían estado vigilándolos y "a la cuarta vi- 
gilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar". Los discípulos comenzaron 
a gritar: ¡Es un fantasma!, pero Jesús los calmó diciéndoles: "¡Tened ánimo; yo soy, no 
temáis!" 

¡Cuántos en este tiempo de peligro están intentando enfrentar el mar embravecido! La 
luna y las estrellas parecen estar escondidas por las nubes tormentosas, y en su de- 
sesperación muchos dicen: "Para qué seguir luchando si nuestros esfuerzos no tienen 
éxito. Por más que intentamos usar los remos, de todas maneras vamos a perecer". En 
el caso de los discípulos, los ojos de Jesús habían estado vigilándolos y "a la cuarta vi- 
gilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar". Los discípulos comenzaron 



Jesús está tan cerca de nosotros cuando enfrentamos las pruebas y tempestades como 
estuvo cerca de sus seguidores sobre el mar de Galilea. Debemos estar calmos y fir- 
mes y confiar totalmente en Dios. Mi hermano, ahora es el tiempo de mantenerse asido 
a nuestra Fortaleza y no ser movido por nada que pueda levantarse a nuestro alrede- 
dor, porque Cristo está a bordo de nuestro barco. Él es nuestro Capitán que no sólo 
cuidará de nosotros sino también del barco. Satanás usará sus poderes maestros para 
intentar separar a las almas de Dios. Se escucharán diferentes voces que tratarán de 
quitar nuestra atención de las verdades para este tiempo. No debemos permitir que 
esas voces confundan y desorienten a las almas que han estado resistiendo la voz del 
Buen Pastor y desoyendo los llamados de la Omnipotencia, porque al decirles "paz, 
paz", estamos aquietando su conciencia y dejándolos seguir en camino a la muerte. Al- 
gunos, en su orgullo, pueden abandonar los mejores intereses y acariciar pensamientos 
que estén opuestos al Espíritu de Dios. El Señor me ha mostrado que algunos que de- 
bieran conocer la voz del Buen Pastor, están más listos a escuchar la voz de un extra- 
ño y seguir sus caminos inseguros y prohibidos, debido a lo rebelde de su naturaleza 
(Ellen G. White 1888 Materials, pp. 1001, 1002). 



Martes 11 de marzo 

La levadura de los fariseos 

Los fariseos requerían de Jesús una señal del cielo que mostrara que él era el Hijo de 
Dios. Querían una evidencia de su poder milagroso similar a la que había mostrado del 
otro lado del mar. Jesús les respondió que no lo buscaban por motivos dignos; no de- 
seaban aprender cómo agradar a Dios en sus vidas. En cambio buscaban ver un mila- 
gro porque eran incrédulos, o porque deseaban beneficiarse de los favores temporales 
que él había concedido. Les sugirió trabajar, no por la comida que perece, sino por la 
comida espiritual: esa sabiduría que perdura para vida eterna. Y él era el único que 
podía ofrecerles tal comida. Con fervor y solemnidad intentó impresionarlos con el pen- 
samiento de que los favores temporales son de poco valor comparados con la gracia 
celestial que les ofrecía el Hijo de Dios... 

Jesús les declaró a los judíos que aunque habían visto sus obras, no creían. Y no se 
refería a que lo habían visto con sus ojos físicos, sino al hecho de que aunque estaban 
convencidos mentalmente, sus corazones rebeldes y orgullosos no les permitían reco- 
nocerlo como el Mesías. Había estado en medio de ellos realizando acciones que nadie 
había hecho antes. Las evidencias vivientes de su divino poder habían estado delante 
de ellos día tras día. Sin embargo, sus corazones cavilantes y endurecidos pedían otra 
señal de su divinidad para que pudieran creer. Si la hubiera hecho, hubiesen continua- 
do tan incrédulos como antes. Si no estaban convencidos de que era el Mesías con lo 
que habían visto y oído, no se convencerían por más obras maravillosas que hiciese. 
La dignidad del santo Hijo de Dios no debía comprometerse sólo para gratificar a una 
muchedumbre incrédula... 

La incredulidad siempre encontrará causas para dudar a pensar de tener pruebas posi- 
tivas. Los judíos se ponían en guardia porque no querían ser forzados a ceder sus pre- 



juicios e incredulidad por evidencias irrefutables. Los que se enorgullecían de su cono- 
cimiento y sabiduría frente al resto del mundo, no podían aceptar que necesitaran un 
maestro (Folleto: Redemption: or the Teachings oí Chríst, the Anointed One, pp. 
88-91). 

La hipocresía de los fariseos era resultado de su egoísmo. La glorificación propia era el 
objeto de su vida... Los mismos discípulos, aunque exteriormente lo habían abandona- 
do todo por amor a Jesús, no habían cesado en su corazón de desear grandes cosas 
para si... Así como la levadura, si se la deja completar su obra, ocasionará corrupción y 
descomposición, el espíritu egoísta, si se lo alberga, produce la contaminación y la rui- 
na del alma. ¡Cuan difundido está, hoy como antaño, este pecado sutil y engañoso en- 
tre los seguidores de nuestro Señor! ¡Cuan a menudo nuestro servicio por Cristo y 
nuestra comunión entre unos y otros quedan manchados por el secreto deseo de en- 
salzar al yo! A sus propios discípulos se dirigen las palabras amonestadoras de Cristo: 
"Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos"... Únicamente el poder de Dios pue- 
de desterrar el egoísmo y la hipocresía (La maravillosa gracia de Dios, p. 106). 



"En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el te- 
mor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor" (1 
Juan 4:18). 

Ésta es una declaración importante, porque hay muchos que desean amar y servir a 
Dios. No obstante, cuando viene la aflicción sobre ellos, no disciernen el amor de Dios 
en ella, sino la mano del enemigo. Se conduelen, murmuran y se quejan; pero éste no 
es el fruto del amor de Dios en el alma. Si tenemos perfecto amor, sabremos que Dios 
no está tratando de herirnos, sino que en medio de las pruebas, el dolor y las penas, 
está tratando de perfeccionarnos y probar el temple de nuestra fe. Cuando dejemos de 
preocuparnos en cuanto al futuro y comencemos a creer que Dios nos ama y desea 
hacernos bien, confiaremos en él como el niño confía en su padre amante. Entonces 
nuestras dificultades y tormentos desaparecerán, y nuestra voluntad será absorbida en 
la fe de Dios (Hijos e hijas de Dios, p. 195). 

¿Alguna vez alguien levantó sus manos hacia Jesús diciéndole: "Sálvame, Señor, que 
perezco", y él fue indiferente? ¡Nunca, nunca! Jesús oye hasta el más débil llanto. No 
necesitamos desmayar ni llorar ni desanimarnos. No necesitamos desmayar porque, 
como Pedro, podamos ver las sombras y las pruebas que nos rodean... El Señor tomó 
la mano de Pedro y lo salvó. Tenemos un Salvador, y en toda prueba debemos confiar 
en el Señor, Dios de Israel, y él será nuestro Ayudador (Reflejemos a Jesús, p. 348). 

El Señor me ha dado un mensaje para Ud., y no solamente para Ud., sino para todas 
las otras almas fieles que están agobiadas por las dudas y los temores respecto de su 
aceptación por parte del Señor Jesucristo. Su palabra a Ud. es la siguiente: "No temas, 
porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú". Desee agradar al Señor, y puede 
hacerlo creyendo en sus promesas. Él está esperando para llevarlo a un puerto de ex- 
periencia llena de gracia, y él ordena: "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios". Ha 



tenido Ud. un tiempo de intranquilidad; pero Jesús le dice: "Venid a mí... que yo os haré 
descansar". El gozo de Cristo en el alma merece cualquier esfuerzo. "Entonces se ale- 
gran", porque tienen el privilegio de descansar en los brazos del amor eterno. 

Elimine su desconfianza en nuestro Padre celestial. En vez hablar de sus dudas, rompa 
con ellas con la fuerza de Jesús, y que la luz brille en su alma al permitir que su voz 
exprese confianza en Dios. Sé que el Señor está por darle la victoria, y yo le digo: Ayú- 
dese, fortalézcase, elévese por encima de la mazmorra de la incredulidad. Las dudas 
irrumpirán en su mente, porque Satanás está tratando de mantenerlo en cautiverio bajo 
su cruel poder; pero hágale frente con la fuerza que Jesús está dispuesto a darle y 
venza la inclinación a expresar incredulidad en su Salvador.... 

Es su privilegio confiar en el amor de Jesús para la salvación, de la manera más plena, 
más segura y más noble; tiene Ud. el privilegio de decir: él me ama, me recibe; confiaré 
en él, porque dio su vida por mí. Nada disipa tanto la duda como el ponerse en contacto 
con el carácter de Cristo. Él declara "Y al que a mí viene, no le echo fuera"; esto es, no 
hay ninguna posibilidad de que yo le echo fuera"; esto es, no hay ninguna posibilidad 
de que yo le eche fuera, porque he comprometido mi palabra de que lo recibiría. Tome 
la palabra de Cristo, y declaren sus labios que ha ganado la victoria (Testimonios para 
los ministros, pp. 525, 526). 



Jueves 13 de marzo 

El discipulado y la testificación 

Sin embargo, como las investigaciones de la ciencia humana no pueden explicar los 
caminos y las obras del Creador, los hombres prefieren dudar de la existencia de Dios, 
y atribuyen a la naturaleza un poder infinito. La existencia de Dios, su carácter y su ley 
son hechos que ni los pensadores más capacitados pueden discutir. Niegan las de- 
mandas de Dios y descuidan los intereses de sus almas porque no pueden entender 
los caminos de Dios ni sus obras. Sin embargo, Dios procura siempre instruir a los 
hombres limitados para que puedan ejercer fe en él y confíen plenamente en sus ma- 
nos. Cada gota de lluvia o copo de nieve, cada brizna de hierba, cada hoja y flor y ar- 
busto testifican de Dios. Esas cosas pequeñas, tan comunes alrededor de nosotros, 
enseñan la lección de que nada queda excluido sin que lo advierta el Dios infinito, y de 
que nada es demasiado pequeño para que escape a su atención (Comentario bíblico 
adventista, tomo 3, p. 1159). 

Delicada cosa es tratar con las mentes. Sólo Aquel que lee en el corazón sabe llevar a 
los hombres arrepentimiento. Sólo su sabiduría nos proporcionará éxito en alcanzar a 
los perdidos. Podéis erguiros, imaginándonos ser más santos que ellos, y por acertado 
que sea vuestro razonamiento o veraz vuestra palabra, no conmoverán los corazones. 
El amor de Cristo, manifestado en palabras y obras, se abrirá camino hasta el alma, 
cuando de nada valdría la reiteración de preceptos y argumentos (El ministerio de cu- 
ración, p. 121). 

Sin una fe viva en Cristo como Salvador personal, nos es imposible ejercer influencia 
eficaz sobre un mundo escéptico. No podemos dar a nuestros prójimos lo que nosotros 
mismos no poseemos. La influencia que ejercemos para bendecir y elevar a los seres 



humanos se mide por la devoción y la consagración a Cristo que nosotros mismos te- 
nemos. Si no prestamos un servicio verdadero, y no tenemos amor sincero, ni hay rea- 
lidad en nuestra experiencia, tampoco tenemos poder para ayudar, ni relación con el 
cielo, ni hay sabor de Cristo en nuestra vida. A menos que el Espíritu Santo pueda em- 
plearnos como agentes para comunicar la verdad de Jesús al mundo, somos como la 
sal que ha perdido el sabor y quedado totalmente inútil. Por faltarnos la gracia de Cris- 
to, atestiguamos ante el mundo que la verdad en la cual aseguramos confiar no tiene 
poder santificador; y así, en la medida de nuestra propia influencia, anulamos el poder 
de la Palabra de Dios. "Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, 
vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe... Y si tuviese toda la fe, de 
tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos 
mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quema- 
do, y no tengo amor, de nada me sirve" (1 Corintios 13:1 -3) (El discurso maestro de 
Jesucristo, pp. 34, 35). 



Viernes 14 de marzo 
Para estudiar y meditar 

El Deseado de todas las gentes, pp. 300-309; 340-346; 378-392; 738-742; Palabras 
de vida del gran Maestro, p. 32; El conflicto de los siglos, pp. 397, 398.